Eduquemos, por favor.

Eduquemos, por favor.

Aunque las percepciones hacia la violencia machista son cada vez más negativas (no lo suficiente), el problema persiste.

A nivel social, laboral, económico, sexual, médico, la violencia contra las mujeres está presente, casi institucionalizada. Violaciones grupales en Brasil, feminicidios en México, mutilación genital en algunos países de África y Oriente Medio o el hecho de que casi uno de cada tres europeos justifique el abuso sexual constatan que es un problema que no desaparece.

En España se han reducido un 43% las políticas de igualdad y a fecha de hoy 40 mujeres han muerto ASESINADAS (por mucho que los titulares de algunos medios se empeñen en tirar de eufemismos insultantes para la víctima que maquillan la realidad) a manos de sus parejas o exparejas.

Desciendo a la cotidianidad. Al día a día.

Hace unos meses, mi hija, por entonces estudiante de cuatro curso de primaria, recibió un taller sobre igualdad en su colegio (vaya por delante que algunos padres y madres decidieron que sus hijas no asistieran a ese taller. Y eso da que pensar… y que penar) El taller fue impartido por una mujer. Otro dato significativo: inculcar la igualdad y educar en el feminismo (os guste o no el feminismo es igualdad) sigue siendo cosas de mujeres. Qué bonito (y qué lejano) el día en el que no hagan falta esos talleres, o los imparta un hombre…

No me ando por las ramas: los resultados del taller fueron desoladores (“mamá, mi clase es muy machista”, me contó consternada mi hija, mientras mi hijo, la escuchaba hablar y sacudía la cabeza apesadumbrado) La mayoría de los niños decidieron que las profesiones más adecuadas para una mujer eran enfermera, profesora o ama de casa, mientras que los chicos debían ser médicos, abogados, ingenieros o soldados. Que la mujer tenía que ocuparse de la casa y de los niños y que el papá mantenía a la familia.

¿Y nos llevamos las manos a la cabeza? Las niñas y niños son nuestros espejos. Estas conclusiones nos deberían hacer reflexionar sobre cómo estamos educando a nuestros hijos, qué ejemplo les estamos dando. La semilla de la violencia contra las mujeres germina (o no) en la infancia y la educación que estamos dando a nuestra hijas e hijos puede ser un potente abono.

Nuestra sociedad está lastrada por una educación machista desde hace siglos, por una educación que ningunea a la mujer y que la reduce a un instrumento sexual, reproductor o a mano de obra barata. A una figura sumisa a disposición de muchos hombres: su padre, su marido o su jefe. Sometida y dominada por quien anuló sus derechos y libertades. La mujer, un individuo cuyas conquistas sociales (el derecho al voto o a trabajar, o estudiar una carrera, derechos que a los hombres no les cuestionan) han supuesto una lucha. Todas y cada una de ellas. Y seguimos luchando.
Y todo empezó con la costilla, la serpiente y la manzana: el sometimiento de la mujer al hombre también emana de la educación judeocristiana que otorga a la mujer el dudoso honor de ser la fuente del mal  (la manzana otra vez) que echó a Adán del Paraíso, y por extensión origen de todo el mal en el mundo.

Esto es lo que estamos transmitiendo a nuestras hijas e hijos: desigualdad, sentido de la posesión del hombre sobre la mujer y de sometimiento de la mujer al hombre. Y esto lleva a que en todos los niños haya potenciales maltratadores y en las niñas potenciales víctimas.  Y lo estamos haciendo NOSOTROS.

ninos

La llave de todo, como siempre, es la educación, invertir en ella. Las políticas de igualdad y la lucha contra la violencia machista no servirán de nada si seguimos educando como lo hacemos hasta ahora. Tenemos que resetearnos y abrir los ojos, hacer autoexamen y reconducir y reconvertir los criterios y roles educativos hacia la igualdad. Ese y solo ese es el principio del fin del terrorismo machista.

Nuestros hijos e hijas deben tener claro (e insisto, depende de nosotros, sus madres y padres) que la mujer es dueña de su cuerpo, que no es un instrumento en manos del hombre, que tenemos las mismas obligaciones y derechos y que gozamos exactamente de las mismas libertades. Hay que desterrar los rosas y los azules, no censurar el aspecto emocional de los hombres asociándolo a debilidad (los chicos SÍ lloran) e interiorizar que las mujeres también somos fuertes, y también lo somos físicamente y eso no nos resta femineidad. Hay que desterrar la cultura de la violación, la instrumentalización y sexualización del cuerpo femenino.

Hay que inculcar a las niñas y a los niños que  las mujeres son plenas sin un hombre a su lado, que el amor romántico no existe, que los chicos pueden bailar o escribir poemas sin dejar de ser hombres. Suma y sigue.

La resistencia de muchos hombres a abandonar su dominio sobre la mujer también se transmite de padres a hijos, y aferrarse a ella, como lo hacen muchos, me hace pensar sobre problemas de autoestima y de egos pobres. Porque nadie que se sabe suficientemente válido necesita someter a un igual para brillar.

Eduquemos, por favor.

 

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