Y yo.

Y yo.

Cuando uno empieza con nuevos proyectos, aunque sea algo tan simple como lavar la cara a un blog, y ponerle un vestido nuevo, tiende a hacer balances y a colocar cosas. Y a definirse. Yo soy (¿me he vuelto?) muy de introspecciones y de mirar para dentro y así ver cómo he ido evolucionando con el paso de los años. Que de eso se trata vivir.

Servidora “hace cosas”. Cosas de rubia. De señora mayor. De mujer. De madre. COSAS.  No me canso de decirlo. Hago cosas o lo intento (Ya… a Yoda no le gusta esto) Sí: intento hacer muchas cosas. También  digo cosas. Comparto lo poco que sé. O lo que siento. O yo qué sé.

Hablar de uno mismo es complicado, y no he encontrado a nadie que quisiera hablar, ni mal, ni bien de mí. Y no será porque no he sido (muy) pesada y he rozado el acoso machacando meninges: “Oye, mira, es que cambio el blog, que si quieres contar algo de mí, así de presentación; que no me importa que mientas y que digas que soy divina, venga, porfi…” Y nada. Doloroso silencio. Silbidos ingenuos y miradas al cielo. Así que voy a hacerlo yo misma.

Soy madre, y de las malas. De las que contestan preguntas y piden perdón a sus hijos. De las que les dejan hacer solos los deberes y les permiten enfrentarse a sus problemas, vigilando desde la retaguardia. De las que son primero mujeres y defienden que el hecho de  ser madre no te hace más mujer. Cómo no te hace más mujer tener un hombre a tu lado (a la asociación de mujeres ¿progresistas? de Bigastro no le gusta esto) Pero esa es otra historia.

Escribo y mal. O escribo a mi manera… Bueno, vale: mal.

Cuento cosas a la gente y aprendo para enseñar.

Feminista, femenina y contestona. Sé que hay gente a la que se le van a revolver las entrañas  al verme autodefinida como feminista, porque algunos (y algunas) creen que las feministas somos una secta de adoradoras de Satán. En fin… Realmente, lo que piensen de mí ya me importa una santa mierda, ventajas de cumplir años. Pero aunque os parezca imposible, existimos feministas que nos pintamos los labios, nos subimos a unos tacones y a las que nos gustan los hombres. Los (escasos) hombres normales.

Disfruto con el fútbol y los coches, y con otras cosas que se supone que son propias de seres humanos con pene, como dar cortésmente mi opinión sin importarme una higa el género del escuchante, y el lugar donde me encuentre. También digo NO. Ah, y hablo con hombres sin la más mínima intención de acabar en una cama con ellos. Por mucho que algunos (y algunas) se empeñen en creer lo contrario.

Bautizo piedras y detesto el paternalismo más que la cebolla en la tortilla. No me gusta la autocompasión, ni la gente incapaz de ignorar el lado bueno de las cosas.

Soy resultona, increíblemente atractiva, modesta, sarcástica, irónica y de amabilidad selectiva. No me gusta la mala educación y detesto a los graciosillos y a los que se toman confianzas porque creen que la buena educación es una puerta abierta al “eh, ¿follamos?“. También soy una cínica de manual. (Y aquí ecomiendo buscar el significado de cinismo)

Me voy tropezando por el camino, a veces con las piedras que he bautizado, a veces con otras nuevas. Pero tropiezo. Eso sí, me levanto.

Me quiere mucho muy, muy poca gente. Y deseo fervientemente caer mal, muy mal, a otros tantos, porque si gustas a todo el mundo, en algo te estás equivocando; de hecho caer bien a todo el mundo es la antesala de fracaso.

Y no me quiero morir nunca. Pero eso, creo, nos pasa a todos.

 

PD. Y en cuanto aprenda a subir gif a los posts, os vais a enterar.

 

 

 

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